
Laura García Agustín
Psicóloga Clínica. Profesora Titular de Victimología de la Universidad Camilo José Cela de Madrid.
Psicóloga Clínica. Profesora Titular de Victimología de la Universidad Camilo José Cela de Madrid.
Resumen
La Psicología y la Victimología son dos importantes disciplinas que han dedicado un gran esfuerzo al estudio de las víctimas, al significado de las experiencias traumáticas vividas por éstas y a las consecuencias negativas asociadas. El esfuerzo de ambas ciencias ha servido para aportar numerosas investigaciones acerca de los efectos demoledores del trauma y ha fomentado el desarrollo de distintas estrategias clínicas en el proceso terapéutico. No obstante, en la actualidad ambas comienzan a orientarse hacia una perspectiva positiva del afrontamiento del trauma poniendo un énfasis especial en la capacidad que el ser humano posee para afrontar experiencias traumáticas de forma activa y positiva extrayendo además un beneficio de ellas, por lo que el enfoque terapéutico se transforma para servir de forma más eficaz y productiva a las víctimas potenciando sus capacidad previas de recuperación y creando nuevas.
Este trabajo muestra una serie de perspectivas recientes y ofrece pautas muy útiles para llevar a cabo una intervención terapéutica eficaz con la intención de fortalecer la creencia en las personas de que el cambio positivo es posible a pesar de las dificultades.
Palabras clave resiliencia, crecimiento postraumático, emociones positivas, psicología, victimología, optimismo productivo
Palabras clave resiliencia, crecimiento postraumático, emociones positivas, psicología, victimología, optimismo productivo
INTRODUCCIÓN
Históricamente siempre ha existido un marcado interés por tratar de entender y sobretodo explicar cuál es el proceso por el que pasa una persona que vive un suceso traumático. Ese interés en ocasiones casi morboso ha estado profundamente vinculado a la concepción pesimista de que ante una adversidad las personas tienen que reaccionar de una forma negativa y sufrir irremisiblemente un daño.
Tras los atentados de Nueva York y Madrid el interés por las víctimas se ha despertado con fuerza debido al bombardeo de noticias que reverenciaban este tema y sobretodo a la proximidad con las víctimas que la población general ha tenido debido a las constantes y explícitas imágenes ofrecidas por los medios de comunicación.
Es aún común considerar que tras una catástrofe las primeras reacciones esperables de un ser humano serán negativas (dolor, desesperación, rabia, confusión, etc.) y de hecho es tal la expectativa social creada en este sentido que la propia víctima cree que ha de actuar de ese modo para digerir correctamente lo que le está pasando y ser considerada "normal". Es decir, todo el mundo esperará que la persona que acaba de sufrir un suceso traumático desarrolle un trauma o algún tipo de patología, por lo que si la víctima no muestra síntomas de este estilo puede ser tildada de rara o etiquetada de enferma por no reaccionar como se espera. Por parte de la sociedad, de los familiares y amigos surgirá la creencia de que la persona se ha vuelto débil, vulnerable y que hay que protegerla sin reparar en que quizá la víctima esté llevando acabo otro proceso de afrontamiento.
No obstante, desde los modelos más optimistas de la psicología y la victimología, se considera que la persona posee una gran fortaleza, que cuenta con una capacidad innata de resistir y reponerse a pesar de las adversidades y que sorprendentemente este conjunto de habilidades han sido escasamente potenciadas hasta el momento.
Por este motivo, desde hace algunos años, la resiliencia está suscitando un creciente interés en distintos profesionales de diferentes ámbitos precisamente con la intención de estudiar más en profundidad esos mecanismos innatos con los que cuenta el ser humano y que algunas
personas saben utilizar y otras no. El objetivo se dirige a establecer patrones de actuación más eficaces de cara a favorecer un afrontamiento positivo ante las adversidades y planificar programas de prevención primaria, secundaria y terciaria.
personas saben utilizar y otras no. El objetivo se dirige a establecer patrones de actuación más eficaces de cara a favorecer un afrontamiento positivo ante las adversidades y planificar programas de prevención primaria, secundaria y terciaria.
El cambio revolucionario que el concepto de resiliencia está provocando consiste en potenciar una percepción distinta y más positiva de las personas víctimas de sucesos traumáticos o de experiencias adversas. En el fondo no deja de ser la consolidación de distintas corrientes de optimismo psicológico encaminadas al afrontamiento positivo de los problemas y las adversidades que ahora están dando su fruto.
Esta renovada apuesta consiste en introducir la idea y fortalecer la creencia tanto en las personas como en los profesionales de la salud de que la reacción positiva ante un suceso adverso es posible, minimizando los efectos negativos del impacto psicológico asociado al trauma, focalizando nuestra atención en la capacidad de recuperación y no en los daños causados por el trauma, animando a las víctimas a desarrollar la capacidad de reponerse a situaciones negativas y reconstruyendo su capacidad de autocuración y autoestima. En definitiva, las principales premisas de las que parte la intervención basada en la resiliencia son precisamente potenciar la sensación de que es posible resistir y/o superar un trauma y luchar por mantener una vida llena de satisfacciones incluso después de haber vivido un suceso traumático.
Sin embargo, el abordaje tradicional de la psicología del trauma y de la victimología se ha orientado casi exclusivamente hacia los efectos negativos del suceso traumático en la víctima, sobretodo en el estudio del Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT). Muchas son las investigaciones realizadas sobre este tema y muchos los datos aportados sobre este trastorno que nos han permitido a los clínicos conocer en profundidad el desarrollo del TEPT y trabajar con eficacia en la recuperación de las víctimas.
El problema principal que se ha generado tras todos estos años de investigaciones e intervenciones clínicas con personas expuestas a sucesos traumáticos es la concepción estática de que la única forma normal de reaccionar ante los sucesos traumáticos es con una respuesta psicopatológica, llegando incluso a afirmar que las víctimas que no muestran este tipo de reacciones negativas no están reaccionando bien al trauma y en muchas ocasiones tratando de provocar reacciones emocionales negativas con la intención terapéutica de hacer salir los traumas enquistados.
Es cierto, que algunas víctimas de un suceso traumático acaban desarrollando un trauma u otro tipo de trastorno psicológico, pero un alto porcentaje de ellas no sólo no desarrollan un trauma sino que además son capaces de aprender y salir fortalecidas de esas experiencias.
El hecho de haber centrado casi todas nuestras energías y atención profesional en los posibles efectos patológicos de la vivencia traumática, no sólo ha contribuido a incrementarlos (profecía autocumplida) sino que además ha dificultado el desarrollo de estrategias encaminadas a potenciar los recursos personales de la víctima. Esta tendencia sobreprotectora y victimizante ha sesgado significativamente la investigación psicológica y victimológica provocando una concepción pesimista del afrontamiento de los sucesos traumáticos, revictimizando incluso en muchos casos a aquellas personas que no reaccionaban de la manera esperada.
Algunos autores como Seligman y Gillham (1999), han bautizado esta tendencia social como la cultura de la victimización y según su criterio esta concepción de las cosas suele traer consigo dos potenciales peligros: 1) considerar que todo trauma implica un grave daño psíquico; 2) que todo daño psíquico es el reflejo de un trauma.
Siguiendo el planteamiento de estos y otros autores, es fácil observar la costumbre de exhibir ideas preconcebidas acerca de la respuesta del ser humano ante la adversidad tanto en el campo de la Salud Mental como en la sociedad en general, sobretodo en la cultura occidental (Avia y Vázquez, 1998), acerca de cómo tienen que reaccionar las personas ante determinadas situaciones, basadas generalmente en prejuicios y estereotipos y no en hechos y datos reales comprobados. En este sentido, existe una marcada tendencia a pensar que todas las personas que sufren la perdida de un ser querido sufrirán un intenso dolor y desesperación llegando a padecer una depresión y que esta reacción es inevitable. Incluso el lenguaje que se emplea para consolar a la víctima es dirigista: "esto hay que pasarlo", "ya sabes que esto duele mucho", "es un trance muy duro", etc., o que la ausencia de sufrimiento ante una pérdida indica negación, enquistamiento del daño, evitación y patología.
Esta concepción determinista ha potenciado la creencia errónea de que sólo hay una única respuesta saludable en las personas que sufren la pérdida de un ser querido o que han sido víctimas de un suceso traumático y ha provocado la negación de la diversidad de respuesta en los distintos individuos ante la adversidad o las situaciones estresantes.
Diversos estudios, entre ellos el pionero de Wortman y Silver (1989) han demostrado que esas creencias son incorrectas y aportan datos que avalan las siguientes conclusiones:
- Que existe un elevado porcentaje de personas que sufre una pérdida irreparable y que no muestran síntomas de depresión
- Que las respuestas de duelo y sufrimiento no son inevitables y su ausencia no significa necesariamente que exista o vaya a existir un trastorno
En palabras de Rojas Marcos (2002) las personas suelen resistir con insospechada fortaleza las adversidades de la vida. Incluso ante sucesos extremos existe un elevado porcentaje de personas que muestra una gran resistencia y que salen psicológicamente ilesos o con daños mínimos de una tragedia (Avia y Vázquez (1998). El ser humano tiene una capacidad increíble para adaptarse y encontrar sentido a las experiencias traumáticas más tremendas, capacidad que ha sido minimizada e incluso ignorada por la psicología y la victimología durante muchos años.
Por todo lo expuesto cada vez son más las disciplinas y los autores que reivindican la capacidad del ser humano para reponerse y rehacerse de una experiencia traumática por lo que se propone una redefinición del proceso traumático desde perspectivas más positivas y desde el modelo de Salud que propone la OMS -bienestar bio-psico-social-, potenciando los programas preventivos y educativos sobre resiliencia donde se considere de una forma prioritaria las estrategias naturales del ser humano para afrontar un suceso traumático, aprender de él e incluso salir fortalecidos.
Por todo lo expuesto cada vez son más las disciplinas y los autores que reivindican la capacidad del ser humano para reponerse y rehacerse de una experiencia traumática por lo que se propone una redefinición del proceso traumático desde perspectivas más positivas y desde el modelo de Salud que propone la OMS -bienestar bio-psico-social-, potenciando los programas preventivos y educativos sobre resiliencia donde se considere de una forma prioritaria las estrategias naturales del ser humano para afrontar un suceso traumático, aprender de él e incluso salir fortalecidos.
POSIBLES REACCIONES ANTE UN SUCESO TRAUMÁTICO
Las personas que han estado expuestas a una experiencia traumática pueden responder de distintas maneras dependiendo de varios factores y de la interacción que se establezca entre ellos. Todos sin excepción tienen una relevancia fundamental y de su mayor o menor presencia dependerá la intensidad y la duración de la reacción ante dicha experiencia traumática.
1. Niveles de vulnerabilidad previos
Hay personas particularmente sensibles a las que les afecta de un modo especial los acontecimientos que les suceden en sus vidas, incluso aquellos más insignificantes. Se trata de personas que están acostumbradas a reaccionar de un modo emocional desproporcionado y cuyas interpretaciones de lo que les sucede son tremendamente exageradas.
En consecuencia, estas personas se encuentran más predispuestas a pasarlo mal a la menor ocasión, pues sus respuestas normalmente exageradas, se verán incrementadas cuando se trate de una situación menos favorable o claramente desfavorable.
a. Vulnerabilidad Psicológica
Se trata del grado de fragilidad con respecto al equilibrio psicológico de la persona previo al acontecimiento traumático. Ciertas características de personalidad y modos de actuar debilitan la resistencia a las frustraciones y contribuyen a crear una continua sensación de indefensión y desesperanza por lo que se instaurará un modelo personal de falta de control sobre las cosas que le suceden y de total y absoluta pérdida de confianza en sus propios recursos psicológicos, que son los que dispone para hacer frente a esa u otras amenazas. La fragilidad emocional se ve acentuada cuando existe una historia personal previa como víctima de abusos o de otros delitos violentos, cuando está presente un alto nivel de estrés acumulado y cuando existen antecedentes personales o familiares de trastornos psiquiátricos.
b. Vulnerabilidad Biológica
Se trata del nivel de reactividad psicofisiológica de la persona que hace que los acontecimientos vividos por ella tengan una repercusión emocional especial, motivada por sus propias reacciones fisiológicas ante los hechos que le suceden y que son más intensas que en el resto de las personas.
Ambos tipos de factores de vulnerabilidad suelen actuar como amplificadores de la percepción de daño psicológico en la víctima.
2. Características personales
La baja autoestima, la sensación de inseguridad, la falta de percepción de control, la dependencia afectiva, el consumo de sustancias como el alcohol u otras drogas y ciertos medicamentos, el aislamiento social, un estilo cognitivo desproporcionado y enfocado a darle vueltas a los problemas, una mala adaptación a los cambios, experiencias negativas similares previas, una evaluación de la realidad fatalista y una valoración de lo sucedido como algo extremadamente grave e irreversible agravan el impacto psicológico de un suceso negativo y actúan como moduladores entre ese suceso y el daño psicológico potencial.
3. Tipo de experiencia traumática vivida .
En este sentido, los acontecimientos más graves (agresiones sexuales, atentados, secuestros, intento de asesinato, etc.) son los que dejan más secuelas y una huella imborrable en el cerebro emocional y los que provocan una sintomatología más florida haciendo más vulnerables a las personas para padecer cualquier tipo de trastorno psicológico y alteraciones psicosomáticas.
Los sucesos traumáticos pueden generar diversa sintomatología asociada a diferentes patologías psicológicas, no obstante el cuadro clínico más observado y descrito es el Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT), así como otros trastornos psicológicos como la depresión, problemas psicosomáticos diversos, cuadros de ansiedad crónica, abuso de sustancias, etc., (Echeburúa, 2004). El resultado de este proceso es un malestar emocional clínicamente significativo que se generaliza a todas las áreas de la vida del sujeto provocando una inadaptación a la vida cotidiana que conviene evaluar y valorar en cada caso. En dicha evaluación, que habrá de ser personalizada y ajustada a cada caso, se determinará:
Los sucesos traumáticos pueden generar diversa sintomatología asociada a diferentes patologías psicológicas, no obstante el cuadro clínico más observado y descrito es el Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT), así como otros trastornos psicológicos como la depresión, problemas psicosomáticos diversos, cuadros de ansiedad crónica, abuso de sustancias, etc., (Echeburúa, 2004). El resultado de este proceso es un malestar emocional clínicamente significativo que se generaliza a todas las áreas de la vida del sujeto provocando una inadaptación a la vida cotidiana que conviene evaluar y valorar en cada caso. En dicha evaluación, que habrá de ser personalizada y ajustada a cada caso, se determinará:
- el grado de malestar vivenciado
- el daño percibido
- los estresores actuales que están manteniendo el daño
- el nivel de inadaptación provocado por el suceso vivido
- los recursos emocionales con los que cuenta la persona para poder hacer frente al daño.
4. Factores de protección
Hay personas que se muestran especialmente resistentes a experimentar sintomatología clínica tras haber tenido una experiencia negativa. Eso no significa que no sufran o que no presenten recuerdos desagradables ante el suceso acontecido, sino que a pesar de ello estas personas son capaces de volver a hacer frente a su vida cotidiana de una forma adaptativa, útil y positiva. Son personas que presentan una marcada capacidad de resiliencia.
Las personas con estas características positivas de personalidad (personalidad resiliente) que viven un acontecimiento traumático reaccionarán de una forma más adaptativa dotando al suceso de un significado más útil e integrándolo en su vida como una más de sus experiencias vividas, aceptándola sin luchar contra sus emociones y relativizando su impacto dentro de su contexto personal vital previo.
El apoyo social percibido tanto a nivel familiar y social como a nivel institucional, resulta fundamental para abordar positivamente un suceso traumático, debido fundamentalmente a dos razones: 1) al compartir la pena esta se ve atenuada; 2) se observan otros modos de abordar el problema (Echeburúa, 2004).
En función de la interacción de los distintos factores anteriormente expuestos las víctimas de un suceso intensamente negativo podrán sufrir:
A. DAÑO PSIQUICO
El daño psíquico es la consecuencia de un intenso suceso negativo vivenciado por la persona como tremendamente amenazante y que escapa de su control, que desborda su capacidad de afrontamiento y de adaptación a la nueva situación, para el que la persona no está preparada para abordar de forma eficaz con los recursos personales, conductuales y emocionales que dispone, quedando de esa manera seriamente alterada su percepción de control y de vulnerabilidad, lo cual deja una huella imborrable en su cerebro emocional que en futuras ocasiones limitará su capacidad de afrontamiento (García Agustín, L., 2005)
Según Echeburúa (2004) el daño psicológico estaría compuesto por las lesiones psíquicas agudas, que son las producidas por un suceso violento que suelen atenuarse y/o remitir con el paso del tiempo y con un adecuado tratamiento psicológico, apoyo social y familiar; y las secuelas emocionales que serían aquellas que perduran en la persona de forma crónica como consecuencia del suceso sufrido e interfieren significativamente de forma negativa en el desempeño de su vida cotidiana produciendo un malestar subjetivo clínicamente negativo.
Siguiendo a este autor las lesiones psíquicas más frecuentes son: 1) las alteraciones adaptativas con estado de ánimo deprimido o ansioso y 2) el trastorno de estrés postraumático (TEPT).
Las secuelas psicológicas, serían por tanto, el resultado de la cronificación del daño psicológico sufrido, es decir, aquellas reacciones emocionales que no remiten ni con el paso del tiempo ni con un tratamiento adecuado. Se trataría de una alteración irreversible en el funcionamiento psicológico habitual de la persona. Esta transformación de la personalidad podría tratarse de un estado crónico o de una secuela irreversible de un trastorno de estrés postraumático que puede surgir como consecuencia de haber sufrido un suceso de extraordinaria violencia (Echeburúa, E, 2000)
Las secuelas psicológicas, serían por tanto, el resultado de la cronificación del daño psicológico sufrido, es decir, aquellas reacciones emocionales que no remiten ni con el paso del tiempo ni con un tratamiento adecuado. Se trataría de una alteración irreversible en el funcionamiento psicológico habitual de la persona. Esta transformación de la personalidad podría tratarse de un estado crónico o de una secuela irreversible de un trastorno de estrés postraumático que puede surgir como consecuencia de haber sufrido un suceso de extraordinaria violencia (Echeburúa, E, 2000)
A tenor de estas aportaciones cabría pensar que la gran mayoría de personas expuestas a un suceso negativo de gran intensidad acabará desarrollando algún tipo de sintomatología de este estilo, sin embargo, según ciertos estudios el porcentaje de personas expuestas a sucesos intensamente negativos que acaban desarrollando patologías posteriores es mínimo. Tampoco hay que olvidar que, del porcentaje de personas que en los primeros meses tras un suceso negativo pueden ser diagnosticadas con alguna patología, la mayoría se va recuperando de forma natural y en un corto período de tiempo recupera su nivel normal de funcionamiento.
En este sentido, tras los atentados del 11 de septiembre, se llevaron a cabo varias investigaciones relacionadas con la prevalencia del TEPT en la población neoyorkina que concluyeron que, aunque efectivamente tras una primera evaluación realizada un mes después de los atentados, la prevalencia era del 7.5%, seis meses después este porcentaje había disminuido drásticamente a un 0.6% (Galea, Vlahovm, Ahern, Susser, Gold, Bucuvalas y Kilpatrick, 2003 en Vera Poseck, Carbelo Baquero y Vecina Jiménez, 2006). Según estos resultados parece ser que la gran mayoría de personas habían conseguido realizar su propio proceso de recuperación de forma natural, mediante el cual los síntomas iniciales desaparecían por lo que podían volver a su ritmo de funcionamiento habitual. En esta misma línea también apunta Bonanno, (2004), destacando que aproximadamente un 85% de las personas afectadas por un suceso traumático sigue este proceso de recuperación natural y no desarrolla ningún tipo de trastorno.
Por tanto, cabría pensar que los datos iniciales podrían reflejar no tanto el daño sufrido por las víctimas sino el conjunto de reacciones adaptativas normales ante un suceso de semejantes características, que en principio y de forma errónea se pueden llegar a considerar como un conjunto de síntomas patológicos y posteriormente como un trastorno por estrés postraumático sin que en realidad lo sean (Vera Poseck, Carbelo Baquero y Vecina Jiménez, 2006).
Es clínicamente común encontrar personas que tras la vivencia de un suceso de tan tremendas características negativas, ya sea como víctima directa o como observador del suceso –no podemos olvidar que millones de personas en todo el mundo asistieron con estupor a los atentados, no sólo las que se encontraban cerca del lugar sino las que pudieron seguirlo por televisión-, acaben teniendo problemas de sueño, pesadillas, recuerdos intrusivos del suceso, síntomas físicos asociados, alteraciones del estado de ánimo, alteraciones en su sensación de seguridad, percepción de mayor vulnerabilidad, disminución de la percepción de control, etc. Pero se trataría de respuestas normales y adaptativas ante un suceso de gran intensidad que
se considera atípico, que irrumpe en la vida normal de las personas y para el que éstas han de desplegar recursos adicionales. Por tanto, no cabría buscar ningún indicio de patología pues se trataría de la respuesta humana esperable para hacer frente de forma saludable a un suceso de esa envergadura.
se considera atípico, que irrumpe en la vida normal de las personas y para el que éstas han de desplegar recursos adicionales. Por tanto, no cabría buscar ningún indicio de patología pues se trataría de la respuesta humana esperable para hacer frente de forma saludable a un suceso de esa envergadura.
B. DAÑO DEMORADO
Algunas personas que han estado expuestas a un suceso traumático y que inicialmente no desarrollan sintomatología patológica, pueden llegar hacerlo algún tiempo después, en ocasiones incluso años más tarde.
Esto sería explicable por un inadecuado abordaje de la situación, que consistiría en bloquear la experiencia traumática pero sin resolverla, evitando recuerdos del suceso y verbalizaciones sobre esos recuerdos, hecho que contribuiría a no elaborar adecuadamente esa experiencia traumática. No obstante, la mayor parte de los trabajos y la evidencia clínica coinciden en afirmar que la aparición de este tipo de casos es relativamente poco frecuente.
C. AFRONTAMIENTO RESILIENTE
El afrontamiento resiliente se ha definido como la capacidad que despliegan algunas víctimas para resistir a un acontecimiento traumático y sobreponerse a él. El concepto clave es que las víctimas resilientes consiguen mantener el nivel de equilibrio previo al suceso sin que éste altere su funcionamiento normal y su vida cotidiana.
Las víctimas resilientes no tienen porqué pasar por un período de malestar inicial ni sufrir alteración emocional alguna, como les ocurre a otras víctimas que, aunque reaccionan de forma adaptativa al suceso, sí experimentan esos síntomas patológicos que luego remiten. Se trataría de una capacidad diferente, que les permite mantenerse indemnes a pesar del acontecimiento traumático vivido.
Durante muchos años, se ha considerado que esta habilidad excepcional estaba en posesión de personas muy especiales. No obstante, cada vez son más los datos que demuestran que la resiliencia es un fenómeno mucho más común de lo que en principio se pensaba, que se produce en víctimas de experiencias adversas y que surge de procesos adaptativos normales del ser humano. Se trataría por tanto de un proceso dinámico que incluye una adaptación positiva dentro de un contexto de gran adversidad .
Conviene tener en cuenta que el afrontamiento resiliente poco tiene que ver con el proceso de recuperación que una víctima lleva a cabo tras un acontecimiento traumático. Aunque a veces la literatura científica haya utilizado dichos términos de forma indistinta para referirse al mismo proceso, se trata de procesos psicológicos completamente diferentes, que provocan resultados emocionales distintos y que siguen trayectorias temporales también distintas.
Ha de quedar claro que la recuperación postraumática es el proceso mediante el cual una víctima retoma paulatinamente sus niveles de funcionamiento normal tras sufrir un trauma. Mientras que la resiliencia es la capacidad que tiene la víctima para mantener el funcionamiento adaptativo de las funciones psíquicas y físicas en situaciones consideradas críticas y mantener un equilibrio emocional estable durante todo el proceso.
Llegados ha este punto cabría preguntarse ¿cuáles son los factores que determinan que una víctima reaccione de forma resiliente?, es decir, ¿qué tienen algunas personas que les permite mantener o lograr una trayectoria de desarrollo positiva en situaciones en las que muchos otros, viviendo circunstancias similares, no logran? Esta cuestión notablemente interesante ha recibido, sin embargo, escasa atención por parte de la Comunidad Científica más dedicada a la investigación de los trastornos para poder curarlos que al descubrimiento de los factores que los evitan.
No obstante, no son nuevas las investigaciones a cerca de las características de personalidad protectoras que muchas personas tienen a la hora de encarar el estrés, y de hecho la psicología clínica ha sido bastante prolija con respecto al estudio de este tema, sobretodo con respecto a la personalidad tipo B, que comúnmente se ha asociado al tipo de personas que resuelven más eficazmente los problemas y que evitan las consecuencias negativas de los sucesos negativos, reaccionando ante ellos de forma adaptativa; frente a aquellas que tienen un perfil de tipo A, tendente a sobredimensionar las cosas y a reaccionar de forma más abrupta, negativa y desproporcionada ante los mismos sucesos.
En este sentido, los estudios sobre resiliencia ahondan en esta cuestión para abordar el estrés traumático y tratar de documentar sí esas mismas características de personalidad tipo B, son equiparables a las características propias de la personalidad resiliente.
Muchos autores destacan que entre las características más comunes de la personalidad resistente al estrés se encuentran: una autovaloración positiva, una sensación de seguridad en las propias capacidades para resolver problemas, una adecuada capacidad de afrontamiento ante las dificultades cotidianas, el apoyo social percibido, el sentido del humor, el planteamiento habitual de metas y objetivos alcanzables, tener un objetivo claro y un proyecto de vida, una actitud positiva ante la vida y las dificultades, la creencia clara de que uno puede cambiar las cosas e influir sobre ellas, una actitud de apertura con respecto a lo que se puede aprender de las experiencias positivas, una adecuada aceptación de los errores sin considerarlos de forma desproporcionada, la capacidad de sacar una lectura positiva de las cosas negativas que le suceden, la capacidad de reconocer y expresar emociones tanto positivas como negativas, la capacidad de verbalizar positivamente las emociones, etc.
En definitiva, parece ser que las características de personalidad y las estrategias que utilizan las personas que afrontan más eficazmente el estrés cotidiano, sirven igualmente para abordar sucesos de mayor envergadura emocional, por lo que el hecho de dedicar tiempo a potenciarlas desde la infancia resultaría especialmente productivo no sólo para el desempeño de la vida diaria sino como factor protector para el abordaje de posibles acontecimientos traumáticos en la vida de las personas.
Pilares de la Resiliencia
A tenor de los resultados obtenidos podemos determinar algunos de los pilares básicos en los que parece apoyarse la capacidad resiliente. Estos son:
• Estilo de afrontamiento protector caracterizado por un adecuado autocontrol emocional, un nivel de autoestima elevado, un estilo de afrontamiento orientado a la búsqueda de soluciones, mayor capacidad de olvido, habilidad para relativizar las cosas, aceptación de sus propias limitaciones, un adecuado concepto de sí mismo como persona capaz de resolver problemas y de ocuparse eficazmente de su vida, un estilo de vida equilibrado, aficiones gratificantes, una vida social interesante, inquietudes personales, una actitud positiva ante la vida y creencias de tipo espiritual.
• Capacidad de introspección. Se trata de la habilidad de tomar conciencia de los procesos emocionales internos, reflexionar sobre uno mismo, preguntarse acerca de las cosas que le suceden en la vida y darse una respuesta eficaz para resolver los problemas personales.
• Capacidad de independencia. Se trataría de saber fijar los límites entre uno mismo y el entorno donde se desarrollan los problemas, de saber mantener una distancia emocional y física correcta que permita a la persona disponer de una perspectiva eficaz para ver las cosas desde fuera y darles una mejor respuesta, sin sobreimplicarse en las cosas que les suceden a otros pero sin caer en el aislamiento.
• Capacidad de Relación. Es la habilidad para establecer lazos e intimidad con otras personas que le permitan equilibrar la necesidad de afecto personal, con la actitud activa y participativa de las experiencias del otro. Se trataría de compartir experiencias personales y aprender de las experiencias ajenas observando otros modos de actuar ante las mismas o similares situaciones.
• Capacidad de Iniciativa. Entendida como la capacidad de proponerse tareas nuevas, de probar cosas distintas, de arriesgar y confiar en que las cosas son posibles. Se trata de exigirse de forma positiva para superarse y conseguir lo que uno se propone y de ponerse a prueba en tareas progresivamente más complejas.
• Sentido del Humor. Es la habilidad que permite extraer una lectura positiva de las cosas que a uno le pasan, incluso de las negativas. Se trata de encontrar el punto cómico incluso en situaciones adversas.
• Capacidad creativa. Para buscar alternativas y posibles vías de solución a las cuestiones cotidianas y a las situaciones adversas. Se trata de la capacidad de convertir los inconvenientes en ventajas y de aprender de las experiencias, de darle un orden y establecer una finalidad al caos y al desorden.
• Principios morales sólidos. Sistema de creencias y valores sólidos que dirigen el funcionamiento de una persona, que le orientan hacia lo que le conviene y lo que no, que le alertan de lo que está bien y lo que no, de lo correcto y lo incorrecto. En consecuencia es la capacidad que permite extender el deseo personal de bienestar a toda la humanidad basándose en un modelo de ganancia para todos como estrategia para el bienestar eliminando el abuso de poder.
• Buen nivel de Autoestima. Es la base de los demás pilares y fruto de un especial cuidado afectivo iniciado en la infancia y consolidado a través de experiencias productivas y enriquecedoras, donde el protagonista es el aprendizaje positivo incluso de los errores como medio de enriquecimiento personal que ha ido dotado de significado la percepción del individuo ya adulto.
Potenciar la resiliencia
En relación al desarrollo de patrones de comportamiento de las personas que actúan de forma resiliente, algunos estudios dentro del marco de la psicología positiva y de la victimología ha querido profundizar en la forma de potenciar esa capacidad desde la infancia. De esta manera algunos autores (García Agustín, 2003; Valdés, M, 2004, 2006) proponen diferentes actuaciones desde la familia. Entre ellas cabe destacar:
Estimular y fomentar la expresión de emociones y afectos dentro del grupo familiar. Este patrón de conducta favorece el conocimiento de uno mismo y entre los miembros de la familia que posteriormente se generalizará al resto de las personas de su entorno. Permite identificar correctamente las distintas vivencias afectivas y distinguir entre los diferentes sentimientos o estados emocionales sin taparlos. Estar alegre, triste, enfadado, etc., son emociones igualmente permitidas y aceptadas.
Inoculación psicológica de optimismo aprendido (Valdés, 2004). Se trata de mostrar modelos que después puedan ser interiorizados de forma productiva y que permitan aprender una forma adecuada de afrontamiento de los problemas a través de una visión positiva de las cosas, primero en experiencias cotidianas y después en situaciones menos favorables.
Fomentar la participación activa de cada uno de los miembros de la familia en las actividades familiares cotidianas, instaurando un modelo de responsabilidad ajustado a cada edad.
Estimular la capacidad de observar las actuaciones individuales de cada miembro de la familia para favorecer la independencia y la autonomía en la toma de decisiones, contando con el apoyo familiar tanto si se acierta como si no, animando al niño a volver a intentarlo sin frustrarse a pesar de no haber logrado su objetivo, enseñándole a aceptar sus errores para aprender de ellos y potenciando la autocrítica positiva como forma de corregir futuras actuaciones.
Estimular y potenciar la capacidad de escucha activa como modelo para aprender eficazmente de las experiencias que otros transmiten de forma verbal, así como para favorecer el aprendizaje positivo frente a las distintas situaciones con las que se va encontrando, potenciando el acto de pensar sobre lo que se puede hacer en lugar de centrarse en el problema.
Fomentar y expresar frecuentemente la confianza que se tiene en cada uno de los miembros de la familia, en sus capacidades de enfrentar crisis o problemas y salir adelante. Frases del tipo: "sé que puedes hacerlo", "estoy segura de que lo lograrás", son tremendamente eficaces para potenciar la autoconfianza en los niños.
Proponer y llevar a cabo actividades familiares que requieran de la cooperación de todos los miembros de la familia favorece el trabajo en equipo y la confianza en las capacidades de los demás. En estas actividades es fundamental que cada miembro pueda expresar su opinión, alternativas para la ejecución de la tarea, etc. Es muy importante que se tengan en cuenta todas las opiniones de cada miembro aunque luego puedan ser desechadas, pero dando la imagen de interés ante lo que se propone. Por ejemplo, "es muy interesante lo que dices, pero quizá sea mejor hacer…", "lo tendremos en cuenta para la próxima vez", etc.
En situaciones de conflicto familiar invitar a la reflexión y análisis sobre las alternativas de solución, escuchando la opinión de todos, independientemente de la edad.
Potenciar la discusión positiva sobre temas de interés general y específicos de la familia, permite la escucha activa y la empatía, así como un mejor conocimiento de cada miembro de la familia. Además, potencia la capacidad de hacerse escuchar, de exponer ideas, de plantear argumentos de defensa, de practicar y recibir criticas productivas, de debatir, etc.
Utilizar espacios en familia y a los miembros de la familia como escenario para ensayar y practicar habilidades nuevas en un ambiente seguro y de respeto. Por ejemplo: prácticas de conductas sociales, resolución de conflictos, acercamiento a personas del otro sexo, etc.
Mostrar apoyo incondicional a pesar de que la conducta no sea la que se espera. Utilizar la crítica positiva ayuda aprender pero siempre dentro de un marco de apoyo.
Mostrar conductas de afecto combinadas con una adecuada autoridad, permite aprender dónde están los límites sobre lo que se puede hacer o no y marca una autoregulación conductual adecuada.
Exhibir modelos competentes a través de los cuáles se enseña la manera correcta de abordar los problemas sin evitarlos, a pesar de tener dificultades iniciales, pues el modelo competente es aquel que no da la espalda a los problemas sino el que a pesar de las dificultades los aborda correctamente.
Mostrar modelos consecuentes. Se trata de que las personas de la familia representativas para el niño respondan con su conducta de forma paralela a lo que dicen. Es decir, no dicen una cosa y hacen otra.
Tomando como referencia este conjunto de pilares básicos para un afrontamiento eficaz o resiliente, los psicólogos y victimólogos pueden elaborar y utilizar materiales de evaluación que permitan detectar a tiempo y prevenir futuras carencias en el estilo de personalidad de las potenciales víctimas antes de que suceda un acontecimiento adverso, de manera que se pueda contar con mejores predictores para determinar la reacción ante una situación crítica y por tanto trabajarlos antes de que se produzca el daño o en el caso de que ya se haya producido poder determinar el impacto que tendrá.
Se propone un modelo de cuestionario que se ha denominado Inventario de Conductas Resilientes (García Agustín, 2006). Se trata de una serie de preguntas de libre elección que permiten a la persona detallar el tipo de conducta o reacción que lleva a cabo ante determinadas situaciones o requerimientos de otros.
Advertimos que se trata de un cuestionario que sólo se ha utilizado con estudiantes de los grupos de formación del Centro Clavesalud de Madrid y con pacientes que acuden a pedir asesoramiento profesional como un cuestionario más de los que suelen utilizarse previo al asesoramiento clínico, por lo que los resultados obtenidos habrían de validarse convenientemente con una mayor muestra de población.
No obstante, a nosotros nos ha servido para chequear el estilo de afrontamiento previo de la persona y como guía para instaurar conductas resilientes que no estaban en su repertorio conductual. Tras la recogida de información la tarea se centra en instaurar las conductas resilientes que no se encuentran presentes en el estilo de afrontamiento habitual de la persona y potenciar esas otras que sí aparecen y que podían servir para prevenir futuras reacciones negativas ante sucesos potencialmente traumáticos.
CUADRO 1
INVENTARIO DE CONDUCTAS RESILIENTES (García Agustín, L. 2006)
INTRUCCIONES
A continuación se presentan una serie de afirmaciones que hacen referencia al modo en que usted piensa o reacciona ante determinadas situaciones que pueden darse en su vida cotidiana. En cada una de ellas, es importante que responda indicando la frecuencia más próxima a su comportamiento real, de acuerdo a la siguiente tabla:
0. Nunca lo hago.
1. Casi nunca lo hago.
2. A veces lo hago.
3. Casi siempre lo hago.
4. Siempre lo hago.
1. Casi nunca lo hago.
2. A veces lo hago.
3. Casi siempre lo hago.
4. Siempre lo hago.
No existen respuestas buenas ni malas, cada persona puede reaccionar ante las cosas que le suceden y los requerimientos de otros según considere más conveniente. Si alguna vez le ha sucedido algo similar, conteste de acuerdo a lo que realmente hizo. Si alguna de las situaciones, no le han sucedido nunca, conteste pensando en lo que haría si se diesen, no en lo que le gustaría hacer o en lo que estaría bien visto o en lo que cree que se espera de usted.
Afirmaciones Puntuación
1. Pienso que la vida tiene sentido
2. Me considero una persona optimista
3. Actúo de acuerdo a las metas que me propongo
4. Suelo evaluar las cosas que me suceden de forma positiva
5. No me importa reconocer mis errores ante otras personas
6. Utilizo afirmaciones positivas para referirme a las cosas que me suceden aunque no me gusten
7. Pienso que si alguien me pide ayuda u opinión es porque confía en mi
8. La mayor parte del tiempo tengo control sobre lo que pasa en mi vida
9. Cuando estoy en dificultades utilizo mi experiencia y mis recursos personales para salir airoso de ellas
10. Cuando las cosas me salen bien, comparto los méritos con las personas que colaboraron conmigo
11. Cuando se me presentan nuevos retos, soy capaz de determinar cuál es el momento para actuar
12. Soy capaz de seguir valorando mi actuación aún cuando las cosas no han salido tal y como las había planeado
13. Cuando sufro una derrota evalúo lo que hice bien para manejar la cuestión y también mis limitaciones
14. Cuando resuelvo un problema guardo esa experiencia para poder volver a usarla en futuras ocasiones
15. Cuando tengo un problema serio, lucho
16. Ante una decisión difícil suelo pedir ayuda a los demás para que me orienten
17. Cuando se presenta un cambio lo considero como un reto o desafío
18. Soy capaz de mantener mi opinión aún cuando los demás se manifiestan en contra de ella
19. Cuando tengo un problema planifico los pasos que daré para abordarlo
20. Me gusta sacarle el lado cómico a las dificultades
21. Tras un contratiempo tardo tiempo en reaccionar y recuperar el control
22. Cuando algo no sale como yo esperaba, asumo la responsabilidad que me corresponde en el asunto
23. No suelo contar con las opiniones de los demás para resolver un problema
24. Soy capaz de expresar cuando tengo un problema o necesito ayuda
Gracias por su colaboración
2. Me considero una persona optimista
3. Actúo de acuerdo a las metas que me propongo
4. Suelo evaluar las cosas que me suceden de forma positiva
5. No me importa reconocer mis errores ante otras personas
6. Utilizo afirmaciones positivas para referirme a las cosas que me suceden aunque no me gusten
7. Pienso que si alguien me pide ayuda u opinión es porque confía en mi
8. La mayor parte del tiempo tengo control sobre lo que pasa en mi vida
9. Cuando estoy en dificultades utilizo mi experiencia y mis recursos personales para salir airoso de ellas
10. Cuando las cosas me salen bien, comparto los méritos con las personas que colaboraron conmigo
11. Cuando se me presentan nuevos retos, soy capaz de determinar cuál es el momento para actuar
12. Soy capaz de seguir valorando mi actuación aún cuando las cosas no han salido tal y como las había planeado
13. Cuando sufro una derrota evalúo lo que hice bien para manejar la cuestión y también mis limitaciones
14. Cuando resuelvo un problema guardo esa experiencia para poder volver a usarla en futuras ocasiones
15. Cuando tengo un problema serio, lucho
16. Ante una decisión difícil suelo pedir ayuda a los demás para que me orienten
17. Cuando se presenta un cambio lo considero como un reto o desafío
18. Soy capaz de mantener mi opinión aún cuando los demás se manifiestan en contra de ella
19. Cuando tengo un problema planifico los pasos que daré para abordarlo
20. Me gusta sacarle el lado cómico a las dificultades
21. Tras un contratiempo tardo tiempo en reaccionar y recuperar el control
22. Cuando algo no sale como yo esperaba, asumo la responsabilidad que me corresponde en el asunto
23. No suelo contar con las opiniones de los demás para resolver un problema
24. Soy capaz de expresar cuando tengo un problema o necesito ayuda
Gracias por su colaboración
D. CRECIMIENTO POSTRAUMATICO
El crecimiento postraumático es otra forma de responder a acontecimientos negativos de gran intensidad y se define como la posibilidad de aprender y enriquecerse personalmente a partir de una experiencia adversa. Los datos apuntan a que al igual que ocurre con la resiliencia parece que se trata de una respuesta más común de lo que en principio se creía. De hecho se ha comprobado que son muchas las personas que consiguen encontrar recursos personales que reconocían no haber utilizado con anterioridad al episodio traumático y que manifiestan incluso haberse sorprendido de su capacidad de respuesta ante esas situaciones.
Parece ser por tanto, que lo que se extrae de los diversos estudios e investigaciones sobre el desarrollo del trauma frente a la adversidad es que las personas son mucho más fuertes de lo que tradicionalmente la comunidad científica y en particular la psicología y la victimología han venido considerando desde un modelo patológico y determinista. Lo cierto es que en general, históricamente se ha tendido a subestimar la capacidad natural de las víctimas de experiencias traumáticas para resistir y rehacerse, aún cuando la historia nos arrojaba evidencias de supervivientes de grandes situaciones traumáticas que supieron rehacerse y aprender de sus experiencias, por ejemplo en los campos de concentración nazis.
Algunos autores han definido esta miopía social y científica como un proceso de amplificación del riesgo, que mostraría una tendencia a sobredimensionar los daños a priori sin evaluar los factores asociados a ellos ni las características de personalidad de las personas que los sufren. Insisto en la cuestión de que quizá en todo este proceso ha contribuido notablemente el hecho de que en las últimas décadas, la gran mayoría de los profesionales de la salud mental han centrado toda su atención en el estudio y evaluación del TEPT descuidando otros procesos emocionales paralelos mucho más eficaces, pero tal vez confundidos y desde luego no considerados de forma saludable sino como patologías no resueltas ante el trauma (enquistamiento emocional, daño psíquico retardado, etc.)
Así mismo, la consideración generalista de que las personas que sufren una experiencia traumática no son capaces de experimentar emociones positivas al estar invadidas por otras emociones de mayor envergadura como el miedo, la tristeza o la rabia ha desviado el estudio sobre la importancia de evaluar precisamente a esas personas que a pesar del trauma sí eran capaces de seguir expresando emociones positivas, pues precisamente se ha descubierto después que no era una reacción patológica al trauma sino todo lo contrario, se trataba de un afrontamiento positivo.
En este sentido recientes investigaciones han puesto de manifiesto que las emociones positivas conviven con las negativas durante situaciones estresantes y adversas y que además, suelen servir para reducir los niveles de angustia y aflicción que surgen tras la vivencia de dichas situaciones (Fredrickson, 1998, en Vera Poseck, Carbelo Baquero y Vecina Jiménez, 2006), por lo que cabría concluir que la presencia de emociones positivas en situaciones de adversidad no es constitutivo de patología sino todo lo contrario, pues funcionaria como una señal de que la persona puede estar haciendo un adecuado proceso de recuperación, debido a los potenciales efectos beneficiosos que éstas tienen.
Al igual que con la capacidad de resiliencia algunas investigaciones se han centrado en evaluar las características de personalidad que favorecen o dificultan un crecimiento personal o un cambio positivo tras la vivencia de un suceso traumático. Se ha convenido en considerar el optimismo, la esperanza, las creencias religiosas, la extraversión, la capacidad de olvido, la capacidad de perdonar y la búsqueda de apoyo social y ayuda como algunas de las características más frecuentes en estas personas.
En cuanto a cómo se desarrolla y qué ocurre durante este proceso de crecimiento personal se han descrito cambios en varias áreas de la vida de la persona que se relacionan con cambios en uno mismo, en el sentido de que tras el suceso traumático la persona gana confianza en sus capacidades personales y se percibe más capaz de abordar cualquier adversidad que pueda ocurrir en el futuro. Parece que el hecho de haber logrado afrontar un suceso traumático instaura la sensación en la víctima de que es capaz de abordar cualquier otra cosa; cambios en las relaciones interpersonales muchas personas ven fortalecidas sus relaciones con otras a raíz de la vivencia de una experiencia traumática por haber sentido más cerca el apoyo incondicional que otros le muestran. Además, haberse enfrentado a una experiencia traumática despierta en las personas sentimientos de compasión y empatía hacia el sufrimiento de otras en similares o iguales circunstancias y promueve conductas de ayuda; cambios en la espiritualidad y en el sentido de la vida, es común observar como una persona que pasa por una experiencia traumática cambia su escala de valores y suele apreciar el valor de cosas que antes obviaba o daba por supuestas.
Llegados a este punto sería interesante plantearse cual será a partir de ahora, a tenor de todos estos resultados, la intervención que el psicólogo y el victimólogo habrán de desempeñar para favorecer el proceso de crecimiento personal de este tipo de víctimas. En este sentido se proponen pautas de actuación conjuntas entre ambos profesionales encaminadas a descubrir en cada persona los distintos indicadores de este crecimiento postraumático con el objetivo de encauzarle y ayudarle en su desarrollo posterior, pues lamentablemente no todas las personas serán capaces de aprender de su experiencia traumática, pero algunas sí lo harán y admitir esta posibilidad ya es un avance clínico de extraordinaria relevancia.
CONCLUSIONES
Tanto la Victimología como la Psicología no deben reducirse al estudio y la explicación de los procesos patológicos que experimentan las víctimas como consecuencias de vivencias adversas. Bien al contrario, son dos ciencias jóvenes y prolijas que estudian y deben seguir ampliando sus conocimientos acerca de la complejidad de las respuestas humanas, por lo que no pueden olvidarse de aquellos otros aspectos que en este trabajo se han considerado y que hasta ahora han recibido escasa atención.
Ambas deben reconducir el estudio de la respuesta humana ante el trauma con el objetivo prioritario de desarrollar nuevas formas de intervención basadas en modelos más positivos, centrados en la salud y en la prevención, que faciliten la recuperación y el crecimiento personal (Vera Poseck, Carbelo Baquero, Vecina Jiménez, 2006). Se trata de apostar por un modelo de salud frente a la tendencia a “patologizar” todo lo que hace el ser humano, que permita investigar más e intervenir de una forma más eficaz en los procesos traumáticos, pero sin olvidar las increíbles posibilidades que ofrece el hecho de incrementar los niveles de resiliencia y de crecimiento personal, tras pasar por situaciones tremendamente adversas.
Sólo si somos capaces de entender cual es el proceso por el que algunas personas resisten y se benefician de experiencias tremendamente adversas y conseguimos enseñar esta habilidad a otras en similares circunstancias, los beneficios a nivel mundial serían increíbles.
En este sentido instaurar modelos educativos donde se enseñen los patrones de la conducta resiliente desde una temprana edad redundará en el beneficio anteriormente citado pues permitirá el desarrollo de personas psicológicamente más sanas y dotadas de estrategias que les permitirán hacer frente a las posibles adversidades con las que puedan encontrase a lo largo de la vida.
Finalmente decir que la labor de los profesionales de la salud, en especial la de los psicólogos y victimólogos y los de la Comunidad Científica en general, ha de partir y crecer dentro de una perspectiva positiva de afrontamiento de los problemas, con la intención de fortalecer los estudios e investigaciones de corte positivo, pues el objetivo en los próximos años ha de dirigirse a potenciar precisamente esos recursos personales de las personas para hacer frente a la adversidad y ha de servir para guiarnos a todos (profesionales y sociedad en general) hacia la manera de aprender de la experiencia traumática vivida para seguir progresando personalmente.
BIBLIOGRAFIA
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